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Manifiesto de Marcelo Barticciotto: “Me vine y justo al mes fue la campaña del Sí y el No, y lo único que quería era que ganara el No”

Cuando me dan la posibilidad de venir a Colo Colo, empecé a averiguar. Yo no tenía idea del fútbol chileno. Al único equipo que conocía, y te juro que no lo digo de soberbia porque no soy así, era Colo Colo, porque me llamaba la atención el nombre. Nosotros jugábamos un tontito, un loco que se llama en Argentina, que era un círculo y había uno en el medio que tenía que quitar la pelota, y los que estaban afuera cada vez que la tocaban tenían que decir un equipo de fútbol del mundo. Y siempre salía Colo Colo. Siempre. Y a mí me extrañaba porque el nombre era muy raro. Y bueno, cuando me dicen sobre la posibilidad de venir, hablé con Gabriel Puentedura, que era el arquero de Huracán y que me venía a buscar siempre a mi casa y me llevaba en auto porque yo me tenía que ir en micro si no me llevaban. Y le digo: ‘Gabriel mirá salió la posibilidad de irme a Colo Colo, ¿qué hago? Yo no tengo idea qué es Colo Colo, no tengo idea lo que es Chile’. Y me dijo que Colo Colo era un equipo grande, que jugaba Copa Libertadores todos los años y que Huracán no estaba bien.

Cuando llegué al aeropuerto, empecé ya a ver la magnitud que tenía Colo Colo porque había cien periodistas. Y el susto mío era mucho más grande. Después me enteré que habían vendido al Pájaro Rubio en 1,5 millones de dólares y a mí me habían comprado en 90 mil. Entonces, lo único que quería era que no empezara el campeonato porque si comparaban los precios… entonces, yo venía a reemplazar al Pájaro Rubio que, con la plata de su venta, terminaron el Estadio Monumental. Era como una superestrella en ese año. En esa época, 1,5 millones de dólares era una fortuna. Deberían ser como 15 millones de dólares ahora. Y bueno, ahí empecé a tomar la proporción al club, de que jugaba Copa Libertadores todos los años, que casi siempre salía campeón. Y para mí fue un honor empezar a jugar la Copa Libertadores.

Al momento que llegué, me empecé a empapar de la historia y de los equipos que habían perdido la final en Chile, que no podían ganar la Copa Libertadores. Llegaron a la final Unión Española, Cobreloa, Colo Colo, y la terminaban perdiendo. Entonces, cuando empezamos el 90, se empezó a hablar de que no podía ser, que no se podía ganar la Copa, y ahí como que se fue armando una bola de nieve en referencia a eso. Y en el 91, cuando empezamos a ganar, el comentario era que si llegábamos a la final no podíamos perderla. No podíamos quedar en la historia como, otra vez, que un equipo chileno hubiera perdido la final. Eso nos fue envalentonando y dando fuerzas.

“Al momento que llegué, me empecé a empapar de la historia y de los equipos que habían perdido la final en Chile, que no podían ganar la Copa Libertadores”

Yo me quería volver a Argentina. Hablé con Arturo Salah, le dije que extrañaba mucho, que me quería volver. Y Arturo me dijo que cómo me iba a ir si recién me habían fichado. Me pre-guntó: ‘¿No tiene a alguien para traer, que lo acompañe?’ A mi hermano justo lo habían echado de su trabajo, tenía 27 años, Y le dije: ‘Ale, venite, ¿me acompañás? Me dijo: ‘sí, voy’. Empezó a ir a los entrenamientos, empezó a caer bien, lo empezaron a querer. Hasta que un día, no sé si el Chano o Raúl Ormeño, hablaron con Nano Romero, el utilero, y le pidieron que le diera un canasto para que se vistiera y entrenara con nosotros. Y mi hermano, al final, tenía un canasto con el nombre de él y entrenaba con nosotros. Era uno más del plantel. Inclusive se concentraba conmigo en la pieza.

Marcelo Barticciotto, una de las figuras de Colo Colo 1991.

La dictadura yo la conocía, de cerca. En Argentina estuvimos en dictadura no tanto tiempo como acá, pero fue muy dura. Me acuerdo que dentro de todo, no teníamos miedo. El argentino no le tenía miedo y así le fue, porque fueron 30 mil desaparecidos. El argentino lo enfrentaba, el argentino salía igual, vivía casi normal. Yo acá empecé a ver el respeto y el miedo que se tenía a los carabineros. Me llamaba mucho la atención. Porque iba con compañeros a entrenar, veían a los carabineros y les daba miedo. Yo preguntaba por qué les daba tanto miedo. Y me empecé a empapar también de la historia de Chile. Me vine y justo al mes fue la campaña del Sí y el No, y lo único que quería era que ganara el No. Y bueno, fui conociendo la historia, lo que pasaba en Chile, y lo único que quería era que no continuara la dictadura. Porque la conocí de cerca y sabía lo que estaba viviendo el país.

Sabíamos que Colo Colo es el club del pueblo, el equipo de la gente, de los más pobres. Lo que siempre tuve claro, y que siempre tuve conciencia, al igual que hoy, es que hay gente cuya única alegría que tiene es ver ganar a Colo Colo, porque no tiene otra cosa. Porque le cuesta llegar a fin de mes, porque no tiene para comer, porque son colocolinos y la única alegría que tienen es ver jugar a Colo Colo. Eso también me hacía llenarme de energía para no defraudar a la gente. No sé si lo deben sentir ahora los futbolistas actuales. A mí me genera dudas. El futbolista actual está metido en otras cosas. No digo que sea de malo, de maldad, pero me parece que antes teníamos más conciencia del peso de la camiseta y lo que representaba Colo Colo, sobre todo para la gente más pobre.

Nosotros fuimos un equipo más allá de tener buenas individualidades. Éramos no solo un equipo, sino un grupo humano extraordinario. Yo creo que ahí marcamos la diferencia. Porque había un montón de equipos buenos en la Copa Libertadores 1991. Quizás había equipos mejores que nosotros. Pero se formó un grupo y en eso tiene mucho mérito Arturo Salah. Él formó un grupo extraordinario, de buenas personas, buenos profesionales, donde los más grandes, los líderes que tenía plantel, eran todos líderes positivos y ellos tiraban del carro. Nosotros los más jóvenes nos subimos. Era un grupo humano en que, jugara quien jugara, siempre se apoyaba, se respaldaba y me entendí muy bien.

“Nosotros fuimos un equipo más allá de tener buenas individualidades. Éramos no solo un equipo, sino un grupo humano extraordinario”

Yo confiaba tanto en el grupo, porque de repente jugaba el flaco Dabrowski, jugaba el Pato, de repente Rubén, de repente Juan Peralta, Lucho Pérez, el Leo Herrera… nosotros teníamos un grupo, grande y de buenos jugadores. Entonces, nunca pensé en que faltaba Rubén Martínez, el Pato, que no estaba el flaco Dabrowski. Sin dudas que eran jugadores impresionantes y elementales para nosotros, pero en realidad no me puse a pensar eso. Yo me acuerdo, lo hablaba con el Chano Garrido, y le decía: ‘no podemos perder la final. Otra vez no podemos perder la final’. El Chano me decía ‘no vamos a perder, vamos a ganar’. Como que nos dábamos aliento entre nosotros. Y estábamos con mucha confianza. No con exceso de confianza, pero con mucha confianza.

Yo soy muy respetuoso y admirador del Colo Colo 73, sobre todo de los exfutbolistas que hicieron cosas por Colo Colo. Cada vez que venían al camarín, para mí era un placer, un orgullo conversar con ellos. Con Leonel Herrera, con Carlos Caszely, con el Pollo Véliz… soy muy respetuoso en ese sentido. De repente, ahora ni te dejan entrar al camarín. A ese nivel. O no te respetan de la misma forma. No digo todos, algunos. Pero antes era diferente. Antes venía Carlos Caszely al camarín y era como que venía el Rey. Bueno, el Rey del Metro Cuadrado. Pero era respeto, admiración.  Y cuando hizo el tercer gol, me acordé del padre del Leo Herrera y le dije que ‘esto era por tu viejo que no la ganó el 73 y la ganamos nosotros’. Ese gol del 3-0 como que nos aseguraba el título.

Hubiese sido una desgracia que justo se hubiesen cumplido los 30 años de la Copa Libertadores y que coincidiera con Colo Colo en la B. Hubiese sido trágico. Te cuento una cosa, no lo dimensioné tanto hasta el partido de definición. Como casi todo el mundo, yo decía que era imposible que Colo Colo se fuera a la B ni que juegue el partido de definición.

Estaba comentando por la radio ese partido de definición entre Colo Colo con la Universidad de Concepción. Y después de que hizo el gol Colo Colo, la U de Conce lo pudo haber empatado en el segundo tiempo. Colo Colo empezó a retroceder, se tiró atrás, y yo pensé que se lo empataban. Y faltando 15 minutos, no pude comentarlo más. Le dije por interno al Pato Muñoz, que es nuestro jefe, que no puedo más. Es más, no quería ver más el partido. Entonces me dijo ‘bien, sale’. Y agarré el auto. Me tenía que ir al canal, apagué la radio, y empecé a dar vueltas con el auto durante 15 minutos. Hasta que terminó el partido, no sabía cómo había terminado. Llegué al canal, pregunté, me dijeron que había ganado y ahí me relajé un poco. Pero me quería morir. Ese partido fue terrible.

Mis hijos me preguntan al día de hoy ‘¿papá, tenés camisetas?’ Les digo ‘no’, nunca cambié, cambié muy pocas camisetas. De partida, cuando perdíamos, me iba al camarín. Ni una posibilidad de cambiar. Inclusive, ni saludaba a los rivales. No me permitía cambiar la camiseta si habíamos perdido, ni tampoco estar contento. Ahora los jugadores se ríen como si nada, cambian la camiseta. Hay otra visión. Tampoco hay que exagerar, pero tampoco lo otro, que te dé lo mismo perder. No cambié en la final de la Copa Libertadores, no cambié en la final intercontinental, ni en la Recopa. No, no cambié nunca.