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Manifiesto de Daniel Morón: “Cuando me dijeron Colo Colo, agarré la maleta y me vine”

Aquí me pusieron loro. Yo tengo dos versiones. Una era porque cuando terminaban los partidos, me llegaban (los periodistas) y me preguntaban y yo me ponía y les hablaba les relataba todo el partido. Como había sido el partido… y por lo general ya estaban todos en el bus y estaban esperándome. Entonces Arturo Salah me decía: ‘escúcheme Daniel, usted no le haga la pega a la prensa completa. Respóndale solamente lo que me dicen’. Entonces, una, Loro por hablar; o la otra, Loro por la nariz. No tengo otra opción. Por una de las dos o las dos.

En Argentina me decían el Huevo. El Huevo Frito me decían al principio, porque era bien amarillo… tenía, porque ahora tengo el pelo blanco. Ahora quedó la yema nomás. Tenía el pelo bien rubio. Entonces, me decían Huevo Frito. Y después con el tiempo me abreviaron. En Unión (de Santa Fe) me decían Huevo. Y aquí cuando llegué, el Loro.

Yo soy mendocino. Por las noches, se sentían más las radios chilenas que las de Buenos Aires. Entonces, yo sabía qué es lo que era el fútbol chileno, y algo que me llamaba la atención —y me reía mucho— era que un equipo se llamara Huachipato. Era extraño, muy extraño para mí que un equipo se llamara Huachipato. Pero Colo Colo, Cobreloa en ese momento, a mí me sonaban mucho. Y cuando estás en el fútbol, sabemos cuáles son los mejores equipos de cada país, qué es Peñarol, Nacional, qué es Boca, qué es River, que es Colo Colo, qué es Cobreloa, que en esa época que había irrumpido… Cobreloa era uno de los equipos que se sentían de la zona.

Cuando llegué a Chile, me encontré con un país que estaba todavía en un proceso militar, que tenía algunas restricciones, que había algunas corridas por las calles. Como éramos mendocinos, mi señora veía permanentemente el tema de las corridas, del guanaco, todo esto, el tema militar. Teníamos a Matías, que tenía cuatro meses de nacido. Entonces, como que ella no quería mucho venirse a Chile. Pero cuando me dijeron Colo Colo, agarré la maleta… y me vine contra todo, contra mis amigos, contra mi señora, a quien al día de hoy le digo ‘mirá qué hubiera pasado si me quedo allá’. Ese era un poco el tema del país que nos encontramos cuando llegamos.

Algo que se me despertó acá fue el tema del achique. Yo no era un tipo que me caracterizara por el achique. Eso fue una cosa que se me despertó acá que, pucha, sé que fueron muchísimas veces las que gané. Pero lo mío, lo que me gustaba, era el juego aéreo. Y yo me sentía imponente. Es más, en las noches soñaba que levitaba. Te juro. Estaba durmiendo y sentía que saltaba, me sostenía en el aire y estaba tomando la pelota. Era increíble. Pero también me mataba trabajando con saltos por todos lados. Yo saltaba. Cuando estaba en Mendoza, mi señora vivía a 40-45 cuadras del estadio donde yo vivía. Me iba caminando. En Mendoza, todas las veredas son anchas y con muchos árboles. Entonces, en cada cuadra, saltaba siete, ocho veces a las ramitas. Saltaba, a cabecearla, a tocarla. Me iba poniendo metas. Entonces, imaginate todos los días, qué se yo, 200-300 saltos que hacía con una pierna, que hacía con la otra. Yo trabajaba con las dos piernas. Aparte del entrenamiento que hacía. Era algo divertido, que me entretenía, y que me servía porque era una distracción caminarse 40 cuadras. Cuando vos vas entretenido haciendo estas cosas, es más llevadero.

Yo soy de campo, campo, campo. Soy mendocino, a la línea de Rancagua si pasas una línea recta. Y a cinco kilómetros más o menos de la cordillera vivía yo. Yo siempre cuento una historia y mis compañeros se ríen porque ya hago charlas con colegios, me dedicaba a eso antes de la pandemia. Y yo cuento que nací en casa con piso de tierra, como en el campo, como aquí muchos años atrás se vivía, en casa con piso de tierra. En mi casa no había agua dentro de la casa. Había un grifo fuera y había que ir a buscar el agua para cocinar, para hacer el aseo.

La de Balán González era la última jugada del partido. Tampoco es que haya tenido un gran pensamiento. No tenía que pensar tanto la jugada, porque uno en el arco no piensa, reacciona. Y en esa jugada, primero que todo, yo sentía que 1991 fue uno de mis mejores años en el sentido físico, de atención, y técnico. Entonces me sentía muy bien. Y cuando uno se siente bien, te sientes imbatible. Y siendo arquero, sentí esa sensación muchas veces. Sabes que te pueden hacer goles, pero que esos goles no van a ser responsabilidad tuya. Y en esa tapada me recuerdo que le llega la pelota a Balán González, y de una distancia larga, está fuera del área chica… lo que sí fue bien contra el palo. No la alcanzo a tapar en una primera instancia. Alcancé a poner la mitad de los dedos y la pelota se fue por sobre la línea, y ahí la volví a tomar, pero entendiendo que fue con el máximo de mi esfuerzo. Desde que el tipo cabecea, hago el gesto, el empuje para ir a buscarla.

“En las noches soñaba que levitaba. Te juro. Estaba durmiendo y sentía que saltaba, me sostenía en el aire y estaba tomando la pelota. Era increíble”.

La atajada a Balán González para mí fue la mejor de esa Copa. Hay atajadas que tienen distintos sentidos en lo que significa para el arquero. Yo en esa atajada llegué con el máximo de lo que tenía. Vamos a poner otra atajada, que fue el achique a Batistuta. Ese achique tuvo mucha trascendencia dentro del partido y dentro del fútbol, y todos se acuerdan de esa atajada. Pero yo no me exigí en el máximo de mis condiciones para hacer ese achique. Simplemente fui jugando con la distancia cuando él iba avanzando, cuando él iba adelantando el balón. En medida que un delantero se va acercando al arquero, cada vez tenés más posibilidades tú de ganar que él de hacer el gol, porque mientras más cerca estás, menos ángulo tiene, se le va reduciendo el ángulo. Entonces, fue una forma de jugar a llevarlo a lo que yo quería.

Tengo muchísimos amigos en Chonchi, en la isla de Chiloé. Conozco las diez comunas de la isla, pero en Chonchi es donde yo voy, paro, me quedo, y tengo mis amigos. Y por ejemplo, en uno de los quinchos de mis amigos, tienen un cuadro donde tienen las fotos del día que vinieron a ver el partido de la final. Tienen la entrada y un montón de retratos en el estadio, en el camino… es una cosa increíble, y te cuentan la historia cómo hicieron el viaje, los días antes que se fueron ¡Cómo puede ser!  Eso se repitió en muchos lados. Illapel está en un valle, abajo. Cuando jugaba Colo Colo desde Nacional para adelante, cuando ya había empezado la efervescencia, quedaba vacío el pueblo. Vacío, vacío, vacío. Se subía todo el pueblo a la cumbre porque la señal televisiva les pasaba a ellos por encima. Entonces, con camionetas, con camiones, con baterías, con televisores y con la antenita empezaban a buscar la señal… y te contaban: ¡toda la gente de Illapel metida en los cerros arriba! Lo que provocó ese equipo… lo que provocaste vos dentro de la cancha. Es una cosa increíble. De verdad me emociona cuando la gente te cuenta esas cosas. Los Muermos está a 60 kilómetros de Puerto Montt y no tenían señal televisiva. Entonces, arrancaban y se iban a Puerto Montt a ver los partidos. Increíble.

Todo eso le da un condimento mucho más sabroso a todo esto. Porque si hoy llegara un equipo a ser campeón, seguramente que también sería una cosa estimulante para el pueblo, para todo. Pero como hoy todo lo tienes a la mano, ‘no voy al estadio pero veo el partido en la terrible pantalla, como que estás dentro de la cancha’. En esa época lo veías en un televisor blanco y negro, chiquitito así, y que se llenaba de rayas porque no agarraba la señal. Y cagado de frío, viendo la final en diferentes lugares.