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Al ídolo del 73: El engaño con el que Leonel Herrera hijo convenció a su padre para perseverar en el objetivo de ser futbolista profesional

En 1973, Colo Colo perdió con polémica la Copa Libertadores de ese año a manos de Independiente de Argentina, en una serie que tuvo que definirse en tres partidos. En el primero, disputado en Buenos Aires, los albos ganaban 1-0 pero los transandinos igualaron 1-1 con un gol en que el arquero Adolfo Nef fue empujado con el balón hacia su arco; Luego, en Santiago, el marcador fue 0-0 y a Carlos Caszely se le anuló un gol legítimo, el que pudo ser el del título; y en Montevideo, en el duelo de desempate, la polémica llegó con la controvertida expulsión del defensa Leonel Herrera a los 77’ cuando el marcador estaba 1-1, en un pleito que ganaron los rojos 2-1 en el alargue.

18 años después de lo que para muchos fue una Copa Libertadores robada a Colo Colo, los albos volvieron a disputar la final del torneo continental. El 5 de junio de 1991, el delantero Leonel Herrera, hijo del popular Chuflinga Herrera, marcó el 3-0 y colaboró con que el desenlace fuera distinto al que había vivido su padre en Uruguay.

“A mí siempre me preguntaban cuál era mi referente o mi ídolo en el fútbol. En quién te reflejas. Yo decía, ‘yo tengo la fortuna de que mi mayor ídolo y referente duerme en la pieza del lado’. Me crié viendo la disciplina de mi papá, como se cuidaba, como entrenaba, sus descansos, sus compromisos” relata Leonel Herrera Silva sobre la figura de su padre, el mítico Leonel Herrera Rojas, primo de Eladio Rojas, tercero en el Mundial de 1962.

Arturo Salah fue quien promovió a Leonel Herrera hijo desde las cadetes al primer equipo de Colo Colo: “Arturo Salah, cuando llega a Colo Colo, entre comillas jubila a mi papá. Él le dice que ya no está en los planes para el siguiente año, que iba a conformar otra defensa, que iba a traer a otros jugadores, y ellos habían tenido muchos roces, muchas diferencias en los clásicos. De siempre. Entonces, claro, en su minuto yo decía que era una pasada de cuenta, efectivamente, por todo lo que había sucedido. Pero después yo me doy cuenta de la grandeza de Arturo cuando él es quien me sube al primer equipo. Y yo estando en primera infantil. Todavía no llegaba a la juvenil cuando me incorpora al plantel de honor. Eso para mí fue un espaldarazo muy grande porque significaba que lo estaba haciendo por méritos propios”.

Leonel Herrera en camarines tras ganar la Copa Libertadores junto al ministro del Interior, Enrique Krauss. Foto: Archivo Copesa.

El punto de inflexión: un engaño

El hijo heredó de su padre la profesión de futbolista pero no el puesto en la cancha. “Primero, porque era zurdo. Los zurdos en general escasean. Era de patas flacas, patas largas y era rápido. Siempre fui más puntero, de estos punteros tradicionales que juegan por la banda, que alimentan a los goleadores. Nunca fui un goleador, un jugador de área. Mi función era otra. Y desde las escuelas de fútbol —que en ese tiempo era muy bonito porque los mismos jugadores del primer equipo eran los técnicos de los chiquititos, entonces a mí me entrenaba el Pollo Véliz, Vanconcelos, mi papá… — y ellos mismos fueron viendo en mí condiciones para jugar de delantero. Y en las series menores siempre me destaqué, porque tenía mucha velocidad”.

Mi familia, en general, nunca me apoyó al 100% con el tema del fútbol, sobre todo mi mamá, porque le tocó sufrir mucho y ver muchas cosas con mi papá. Entonces, cuando yo hablaba de fútbol era ‘sí, está bien’. Y mi papá me apoyaba, pero siempre al colegio, los estudios, y las notas”, dice el autor del tercer tanto contra los paraguayos.

“Mi papá me cuenta que el punto de inflexión fue un día en que andaba mal en las notas. Debía tener unos 14-15 años, pateando los cuatros, y mi mamá y mi papá deciden sacarme de las cadetes. Mi papá habla con los técnicos y les dice ‘sabes qué, Leo bajó el rendimiento y mientras no lo suba no va a volver a jugar’. Chuta. Pero en ese minuto, el técnico que teníamos nosotros conversa conmigo y me dice ‘Leo, preocúpate de los estudios, métele con fuerza para que vuelvas lo antes posible, pero los sábados igual te quiero en Quilín’. Yo no entrenaba pero llegaban el sábado a jugar. Y en la casa decía que yo iba al colegio, a actividades extra programáticas. Y partía con mi bolsito, con mis zapatos de fútbol a Quilín”, narra.

¿Funcionó el engaño? “Un par de semanas no me pillaron. Hasta que mi papá se encuentra con una persona en el centro y le dice ‘Oiga Leíto, lo felicito, el Leo chico hizo dos goles el sábado’. Y ‘¿adónde hizo dos goles?’. ‘No pue, en Quilín si jugó’. ‘Ah, ok’. Ahí (Herrera padre) dice que llegó a la casa, que habló con mi mamá y le dijo, ‘no hay caso. Dejémoslo. Que llegue hasta donde llegue, soltémoslo’. Pasé igual de curso, me puse las pilas, pero ese fue el instante que me dieron el empujón”.

Una vez que el 21 de los albos, que en la final ingresó por el lesionado Gabriel Mendoza, anotó en la final y ganó la Copa Libertadores, su barrio fue una locura: “Yo vivía con mis papás en ese momento. Llego a la calle donde vivíamos y no podía pasar. La calle llena. Estoy hablando once o doce de la noche, con gente con regalos, con torta, camisetas… lo único que querían era saludar, abrazarte, vecinos que no había visto en mi vida y estaban metidos en mi casa. Mi mamá ahí conteniendo, porque estaba sola con mi hermana, mi papá estaba en el sur (para esa fecha, era el entrenador de Deportes Temuco). Desde ese día en adelante fue locura”.