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Colo Colo 1991: Un equipo de vueltas largas

Surgir en medio de las carencias económicas, enfrentar el rechazo cuando con ilusión habían llegado a probarse a cadetes, o ser cedidos a préstamo a equipos de segunda división —donde los sueldos alcanzaban para lo justo— fueron algunas de las experiencias que tuvieron que enfrentar varios jugadores antes de Colo Colo 1991 antes de levantar la Copa Libertadores. Es decir, dar una larga vuelta antes de la gloria.

A continuación, las historias más emblemáticas.

Lizardo Garrido: Rechazado ¡seis veces! en Colo Colo, llegó a probarse a la U. Pero…

«A mí todo me costó. Pero todo, absolutamente todo», cuenta Lizardo Garrido, quien hoy es uno de los máximos emblemas de Colo Colo. Sin embargo, el comienzo de esta historia fue muy complicado ya que el Chano se probó seis veces en las cadetes albas, y en esas seis veces fue rechazado.

Con las puertas cerradas en Colo Colo, Garrido incluso buscó una oportunidad en el archirrival. “Cuando me fue mal en las seis veces en Colo Colo, me fui a probar a Unión (Española). También me fue mal. Ya ahí largamos… pero todo el mundo hablaba que jugaba bien. Y después me fui a probarme a la U. Tampoco, para fuera. Se acabó”, pensaba.

“Me fue mal en todos lados. Y un día, después de la U, me dijeron ‘ya está bueno’ y una vez más fui a Colo Colo por otro contacto, un profesor de educación física que estaba ahí. Y me dejaron. Tenía 15 años. Y bueno, también me costó mucho porque entrenaba y estudiaba en la noche, después del entrenamiento”, relata.

Dentro de Colo Colo, las cosas siguieron complicadas. “Estuve un año en la banca en la juvenil de Colo Colo. Y bueno, ahí, a tiro de cañón, hasta que empecé a jugar en la juvenil. Y cerca de los 17-18 años, Colo Colo determinó que me fuera a préstamo”.

Garrido fue cedido a préstamo a clubes de la entonces llamada Segunda División. “Lo que se ganaba era muy poco y, en el fondo, ir a segunda división era para poder mostrarse (…) En Colchagua jugué el 77. Regresé a Colo Colo, nuevamente me prestaron. El 78 me fui a Trasandino de Los Andes y regresé. Ese fue el mejor año que hice y pensé que tenía posibilidades de jugar en el primer equipo. No pasó nada. Nuevamente me prestaron, y nuevamente me fui a Deportes Colchagua”.

Lizardo Garrido con la camiseta de Trasandino de Los Andes, uno de los dos clubes de segunda división a los cuales fue cedido a préstamo por Colo Colo.

Lo que Garrido se embolsaba en segunda división alcanzaba para lo justo: “Yo recuerdo que ganaba cerca de 3 mil pesos, pero estoy hablando en 1977. Y nos daban 500 pesos de premio por partido ganado. No sé cuánto será eso ahora… en 1978, en Trasandino subí a 18 (mil pesos) y me daban una pequeña prima como de 20 ó 30 mil por el año. Y después regresé a Colchagua ganando 20 mil y tantos pesos, el 79. Y pude resistir todo eso porque allá conocí a mi señora. Mi suegro tenía restaurant y un poco se complementaba eso”.

En su segunda estadía en Colchagua, el sueldo “me alcanzaba justo. Para comer, vivía en pensión. Las primeras semanas las pensiones son extraordinarias, con entrada, segundo plato, postre, y te daban hasta un vaso de leche. Después a los tres, cuatro meses, nada. Un plato nomás. Lo más probable es que el club no pagaba las pensiones, creo yo. Dormíamos con tres (jugadores) en una habitación”.

Garrido conoció a su esposa en San Fernando: “Si no hubiese tenido la ayuda de Myriam, mi esposa, se hubiese complicada más, porque al restorán de mi suegro llevaba a todos los jugadores. Los llevaba a todos. Los invitaba a tomar once. De verdad se nos complicaba, pero afortunadamente estaba la familia”.

«Me alcanzaba justo. Para comer, vivía en pensión. Las primeras semanas las pensiones son extraordinarias, con entrada, segundo plato, postre, y te daban hasta un vaso de leche. Después a los tres, cuatro meses, nada. Un plato nomás» (Lizardo Garrido).

Según explica el Chano, los jugadores que retornaban a Colo Colo desde sus préstamos tenían pocas posibilidades de pasar al primer equipo albo. Pese a ello, la posibilidad de estar en el plantel de honor lo ilusionaba mientras estaba bregando en el ascenso.

“Cuando empecé el camino de esta profesión en juveniles en Colo Colo, mi único sueño era ser titular indiscutido en Colo Colo. Esa era mi meta. No pensaba en nada más. Trataba de entrenar lo mejor posible, y que en segunda división a lo menos que cuando terminara el año, se hablara que en Colchagua había 4-5 jugadores que se fueron a préstamo desde Colo Colo y les había ido bien. Siempre la aspiración número uno era ir a préstamo, regresar y volver a jugar a Colo Colo”.

Después de toda esta vuelta larga, Garrido debutó en el primer equipo de Colo Colo en 1980, y once años más tarde ganaría la Copa Libertadores.


Eduardo Vilches: Le dijeron que no en la U y en Unión Española

Eduardo Vilches también debió sobreponerse a momentos amargos antes de triunfar en Colo Colo. “A las finales de los años 70, 77-78, yo jugaba en un equipo que se llama la Población Chile, que es en Colina, y de ahí me seleccionaron. Pertenecí a la selección de Colina, y vinimos a jugar un torneo a Santiago, en Recoleta, un torneo que organizaba la Universidad de Chile. Quedé preseleccionado, estuve trabajando una o dos semanas. No recuerdo quienes eran los visores, no les gustó mi desempeño, me fui para la casa. Después dije: voy a buscar una oportunidad. Fui a Unión Española a probar suerte. También me fue mal, no me dejaron. Me fui muy triste y dije que ya me quería enterrar, ‘tan malo soy’”.

Eduardo Vilches vistiendo la camiseta de Magallanes.

Vilches debió esperar un poco para ser aceptado: “Entonces, pasó el tiempo y más o menos por septiembre, supe de unos coterráneos de Colina que estaban jugando en Magallanes. Y les pregunté cuándo se hacían las pruebas, en qué época, en qué meses. Y me dijeron que en enero. De septiembre a enero me preparé, empecé a correr por los cerros, por todas las calles, por todos lados, me fui a probar a Magallanes, y quedé en Magallanes, el año 79”.

Para practicar en las cadetes de Magallanes, el Lalo debía desplazarse desde Colina hasta San Bernardo: “Ese viaje era mortal porque en aquel entonces en Colina llegaban los estudios hasta enseñanza básica. No había enseñanza media. Era puro campo. Cuatro o cinco calles. Todos nos conocíamos. Era muy pequeño. En ese entonces, salía a las 6 de la mañana desde casa para agarrar la micro, y ese año me tocó estudiar en Santiago, mi primer año de enseñanza media. Nos dejaban abajo a los escolares… continué hasta que ese año le dije a mi mamá que realmente no podía con las dos cosas, que era imposible para mí mantener el fútbol y los estudios. Y le dije que me diera chance de poder seguir el fútbol hasta los 23 años. Y si no pasaba nada conmigo a los 23 años… tenía 14 años y ya tenía claro hacia dónde iba… me tenía mucha confianza, seguridad en mí”.

«Me preparé, empecé a correr por los cerros, por todas las calles, por todos lados, me fui a probar a Magallanes, y quedé en Magallanes, el año 79» (Eduardo Vilches).

Al igual que Lizardo Garrido, y siendo juvenil, Vilches debió irse a préstamo a un equipo de la segunda división: “Empecé a jugar en Magallanes. De Magallanes, el año 81, con 17 años, me fui a préstamo a Malleco Unido. Jugué media temporada, regresé 18 años, seguí jugando juvenil en Magallanes, hasta los 19 cuando llega Jaime Campos. Y él nos hace debutar con Lucho Pérez, Ivo Basay, Eduardo Calquín… debutamos los cuatro contra Universidad Católica, y les ganamos 2-1. En ese entonces nos llamaron los Duendes de Magallanes”.

En la Academia, Vilches se mantuvo hasta 1986, el último año de Magallanes en Primera División. Un año más tarde emigró a Universidad Católica, y en 1989 arribó a Colo Colo, donde permaneció hasta 1994.


Luis Pérez: “Muchas veces en la semana no había ni agua para ducharse”

“En mi casa fuimos todos siempre colocolinos. Eso lo tengo que reconocer, porque también teníamos un primo, Julio Osorio, que es mayor que yo, cuatro años mayor que yo, que jugaba en las divisiones inferiores de Colo Colo cuando yo todavía ni soñaba en ir a probarme a algún equipo. Era nuestra joyita en la familia porque nos gustaba el fútbol. Jugábamos a nivel de barrio, pero él era nuestra joyita. Y después, con el tiempo, jugó en selecciones menores y además jugó en el plantel profesional de Colo Colo. Por lo tanto, él era un poco nuestro norte, el chiche que teníamos en la familia”, cuenta Luis Pérez.

Su primo lo acercó a los albos: “Y en algún momento, cuando Julio estaba en Colo Colo, en el plantel profesional, seguramente él vio que yo tenía algunas cualidades interesantes, y él me invitó a ir a probarme a Colo Colo. Yo tenía 12-13 años, y fui a Colo Colo más o menos el 81. Y bueno, él me incorpora a las divisiones inferiores de Colo Colo con don Bernardo Bello, pero no tuve ninguna participación ese año en Colo Colo. De hecho, no me inscribieron. Solamente estuve entrenando, entrenando, entrenando todo el año. Nunca me citaron a un partido”.

Luis Pérez en su estadía en Magallanes.

En todo caso, Pérez asegura que “yo no me sentía mal ni mucho menos, porque como era nuevo, yo era ya feliz entrenando en Colo Colo. Claro, iba del barrio de Quinta Normal a Macul, que era en ese entonces muy lejos, tomar tres locomociones… era bastante exigente el tema”.

Pero su permanencia en Colo Colo se acabó: “Después de ese primer año completamente entrenando, llegó fin de año y nos enviaron a todos de vacaciones. A mí, lamentablemente, no se me dijo si tenía que volver. Por lo tanto, me fui de vacaciones a mi casa. Y estando de vacaciones, un amigo del barrio me invita —un amigo ya mayor— me invita a probarme a Magallanes porque él tenía un contacto, un dirigente en cadetes, y él quería llevar a su hijo, que era amigo mío y jugábamos en el barrio juntos. Lo quería llevar a probar a Magallanes, y me estaba invitando para que los acompañara. Y como yo no tenía ningún vínculo con Colo Colo, y nadie me dijo que volviera ni nada, me sentí en plena libertad de ir a probarme a cualquier otro club”.

“Así es que partimos con mi amigo y con su padre a San Bernardo, que era más lejos todavía, de Pudahuel a San Bernardo. Ya estaba viviendo en Pudahuel. Fui a probarme a Magallanes. Desafortunadamente, mi amigo no quedó y yo seguí en las pruebas, y después empecé a ir solo hasta que al final, como a las tres semanas de estar probándome, Elson Beiruth, quien era el técnico de la categoría, él decide inscribirme a mí en Magallanes para que jugara por el área formativa en la primera infantil. Y bueno, ahí parte el año y yo en Magallanes, definitivamente dando mis primeros pasos en Magallanes”, relata.

Entrenar en las cadetes de Magallanes “era sacrificado, esforzado. Porque primero, imagínate de Pudahuel… yo iba al Colegio, en Maipú, que ya me quedaba lejos. No era tanto las distancias, sino las conexiones. Uno tenía que tomar dos micros para llegar a un lugar. Yo estudiaba en la mañana y afortunadamente tenía una tía que siempre me apoyó, que es hermana de mi mamá. Me iba a almorzar, descansaba un poco, y de ahí me iba a San Bernardo a entrenar dos o tres veces por semana. Claro, todo ese recorrido después del colegio, y después de vuelta, cansado, de San Bernardo al centro de Santiago y del centro a Pudahuel, no era fácil. Eran muchas horas en micro, sumado a los entrenamientos. Era bien sacrificado. Pero uno a los 13-14 años con lo que le gustaba jugar a la pelota, como que no sentía esos sacrificios que uno estaba haciendo en ese momento. Además, viajar para jugar a la pelota no era un sacrificio. Me gustaba tanto que no lo tomaba como un sacrificio, sino que todo lo contrario”.

«Nosotros éramos una familia humilde. No tenía todas las condiciones de tener ropa especial para entrenar o dos pares de zapatos, zapatillas para entrenar» (Luis Pérez).

“Nosotros éramos una familia humilde. No tenía todas las condiciones de tener ropa especial para entrenar o dos pares de zapatos, zapatillas para entrenar. Magallanes era una institución muy pobre, muy humilde en ese sentido. Teníamos apenas la ropa para jugar los fines de semana y sería. Muchas veces en la semana no había ni agua para ducharse. Todo ese tipo de cosas, que evidentemente son de mucha precariedad, uno niño no las siente. Son tantas las ganas de jugar, es tanto lo bien que uno lo pasa con los amigos y con la gente que vas conociendo esas cosas en que no se repara en el momento, sino que lo único que uno quería era que llegara el fin de semana, ponerme la camiseta— en este caso la de Magallanes— y jugar, divertirme, y ojalá hacer goles, pasarla bien, ganar. Y esa era nuestra mayor preocupación, aspiración y mayor premio”, subraya.


Daniel Morón: “Me tuve que ir de mi casa a vivir debajo de una tribuna”

Daniel Morón, arquero que hizo historia en Colo Colo y que incluso fue nominado a la Selección Chilena, tuvo una infancia compleja en términos materiales pues en su casa, ubicada en la zona rural de Mendoza, tenía piso de tierra y el agua había que trasladarla desde una llave que estaba fuera del hogar: “Yo vengo de ahí. Bien abajo”.

“Coincidentemente con eso, vivía en una cancha de fútbol. Mi papá cuidaba la cancha de fútbol. Teníamos una cantina que atendía las canchas de bochas, nosotros vendíamos las cervezas, mi papá hacía los asados y todo el cuento… de ahí vengo yo. Y como todo niño de Argentina, apasionado por el fútbol, queriendo jugar en Boca, River, pero esos grandes equipos me quedaban a 1.500 kilómetros de distancia. Es como que un chico de la Isla de Chiloé quisiera venir a jugar a Colo Colo, a Católica, a la U… todo nos quedaba distante, lejos”, relata.

Su formación como futbolista estuvo llena de sacrificios: “Siempre me enorgullezco de esto porque a los 14-15 años me tuve que ir de mi casa a vivir debajo de una tribuna. Y como yo cuento, a veces cagarme de frío, de hambre, llorar solo porque cuando te vas de la casa pierdes todos los afectos, tus amigos, tu mamá, tu papá, tu plato de comida calentito. Y hay veces que cuando llegas a otro lugar no tienes a quien contarle tus problemas. Hasta llorai solo muchas veces. Pero 16 ó 15 años, después de haber tomado esa decisión de estar ahí llorando solo, cagándome de hambre, cagándome de frío, un día me felicité por haber tomado esa decisión, el camino de buscar mi sueño. Porque eso fue un 5 de junio. Con 30 años casi, fui campeón de América, el logro más importante de mi carrera deportiva”.

«Llorar solo porque cuando te vas de la casa pierdes todos los afectos, tus amigos, tu mamá, tu papá, tu plato de comida calentito. Y hay veces que cuando llegas a otro lugar no tienes a quien contarle tus problemas» (Daniel Morón).

El Loro continúa su relato: “Entonces, pucha: qué alegría haber tomado esa decisión de seguir pasando hambre en un momento, el frío, la tristeza de llorar solo cuando te encuentras en lo más alto de América en algo que ni siquiera habías soñado. Porque ese es otro tema. Porque cuando me vine a Colo Colo, estaba en Unión de Santa Fe. Me vine a Colo Colo porque había pasado 4 años en Unión, me había ido bien y yo sentía esa sensación de que quería jugar a nivel internacional. Yo escuchaba siempre jugar una Copa Libertadores, ir a jugar a La Bombnera, a Uruguay al Centenario, qué se yo… a jugar con el calor en Paraguay, la humedad… todo era ‘vos lo escuchas de lejos’. Y yo lo único que quería era tener esa posibilidad de jugar una Copa Libertadores, a ver qué se sentía, cómo era. Que te decían ‘es para hombres’, ‘andá al Centenario’, ‘te meten en el túnel’, ‘te aprietan’. Pero son todas cosas que son desconocidas para uno. Uno las escucha”.

Morón tenía claro que en Unión de Santa Fe, un elenco del interior argentino muy poco habituado a la gloria al otro lado de la cordillera, no podría disputar una Libertadores: “Nosotros, todos los años, lo salvábamos en la última fecha. Siempre estábamos colgando, con la soga al cuello. Ninguna posibilidad tenía. Esa posibilidad (de jugar la Libertadores) era siempre de River, Boca, Independiente, Estudiantes en alguna etapa, Argentinos que se metió en la época del Bichi. Pero no eran los demás equipos. No, ni soñaban. Entonces, me vine con esa idea de jugar una Copa Libertadores. Jugué siete, fui campeón de una Copa Libertadores”.


Gabriel Mendoza: Rechazado ¡cuatro veces! en O’Higgins

Gabriel Mendoza vivió una infancia “maravillosa” aunque con carencias materiales. Nacido en Sewell, a los cinco años sus padres se divorciaron, por lo que se fue a vivir con sus abuelos que, a su vez, partieron a Graneros.

El Coca recuerda que durante sus años de niñez “jugué a pata pelá, anduve a pata pelá, me hicieron falta zapatillas, me hizo falta el pan”. Pese a ello, “yo doy gracias por todo lo que me tocó vivir porque si no me hubiera tocado, no hubiera sido lo que fui”.

Gabriel Mendoza se inició en O’Higgins.

Sus inicios en el fútbol no fueron fáciles: “Yo fui a probarme a O’Higgins cuatro veces, y las cuatro veces me echaron. Yo me tenía que preparar. Yo era bueno para la pelota, me decían que tenía condiciones para la pelota pero me decían que era chico y flaco. Y era chico y flaco porque no tenía pal mangiare (alimentación). Yo era chico y flaco. A los 16 me preparé un año solo. Solo. Me levantaba a las 6 de la mañana, salía a correr 10 kilómetros, después a mediodía hacía pesas, y por la tarde fútbol. Entrenaba todo el día. Nunca me preocupé de tener una polola, de ir a alguna fiesta o alguna invitación. Mi preocupación ese año era levantarme a las 6 de la mañana y acostarme a las 9 de la noche entrenando, y estudiando”.

“Entonces, cuando me fui a probar la última vez y vieron los test físicos… ‘ah, llegó este cabro de Graneros de nuevo. Pero llegaste más grande, ya vamos a ver’. Test físicos: le sacaba dos vueltas a mis compañeros. 100 abdominales en 60 segundos. ‘Este es una máquina’. Y ahí marqué mi diferencia en lo físico. Y cuando faltaba plata para ir a entrenar a O’Higgins de Rancagua, desde Graneros, en el camino, viejo… cuando no había plata, sobre todos los martes, que era físico en la época de juvenil, yo me iba corriendo. Llegaba corriendo a entrenar, tocaba lo físico, reventaba a todos, les ganaba a todos y me devolvía corriendo. Y era como un hobby’”, revive Mendoza.

“No llegué siendo titular al tiro. Tuve que esperar mi oportunidad para llegar a jugar. Y cuando llegué, cuando te dan la oportunidad, tienes que aprovecharla. Llegar y pegar el combo al tiro. Y lo hice. Se lesionó el jugador que estaba en mi puesto, que era el capitán del equipo, que era el jugador proyección para el primer equipo que ese sí iba a jugar en O’Higgins, que iba a ser uno de los jugadores vendibles, entré yo, y este jugador nunca más apareció”, explica.

«Cuando no había plata, sobre todos los martes, que era físico en la época de juvenil, yo me iba corriendo» (Gabriel Mendoza).

“Al año siguiente estaba en la pretemporada del equipo y debuté al siguiente año en el primer equipo. Y así fue mi carrera, de ascensión siempre. Pero fue sacrificio, perseverancia, pero constante. La convicción de tener claro lo que quieres ser, lo que quieres lograr”, rememora el Coca. De ahí en adelante, sus buenas campañas en el club celeste lo catapultaron hacia Colo Colo, hasta ganar la Copa Libertadores de 1991.


Juan Carlos Peralta: “Pasábamos un poco de hambre, frío”

“Como uno tenía esas ganas de jugar en Colo Colo, de estar en las cadetes de Colo Colo, fui varias veces… me echaron como dos o tres veces, y volvía a la semana. Y me costó muchísimo entrar como titular en las inferiores. Pero bien llegando ya a juvenil me pude consagrar como titular. Fue bien dura la batalla que yo tuve para poder quedar en las inferiores de Colo Colo”, relata Juan Carlos Peralta.

En las cadetes albas, Peralta destacó por su polifuncionalidad dentro de la cancha: “Yo  de repente jugaba de volante de contención, de lateral izquierdo… hasta de arquero jugué. Me adecué a todas las posiciones que me mandaban a hacer. Es que con las ganas también…”.

Al tiempo, “me fui a préstamo a Colchagua. Había una ‘filial’ que mandó Colo Colo, donde estaban Claudio Segura, Pancho Huerta, Juan Carreño, Malcom Moyano y yo. Muy joven me mandaron a préstamo, y el técnico era Bernardo Bello. Y ahí hice muy buena campaña, hice buen año”.

«Fui varias veces… me echaron como dos o tres veces, y volvía a la semana. Y me costó muchísimo entrar como titular en las inferiores. Pero bien llegando ya a juvenil me pude consagrar como titular» (Juan Carlos Peralta).

Sobre su experiencia en el cuadro colchagüino, Peralta se explaya: “Nosotros vivíamos en un hogar donde nos quedamos todos, como en una sala con camarote. Estaba el técnico. Íbamos a almorzar como a cinco cuadras de donde estábamos. Pasábamos un poco de hambre, frío. No desmerezco, pero la vestimenta, lo que es el camarín… uno ahí aprende lo que es verdaderamente el sacrificio de querer llegar a cosas más grandes”.

Pese a ello, Peralta tiene buenos recuerdos: “A mí Colchagua me entregó mucho. Yo jugué de titular. La gente nos quería mucho. Entonces, fue un paso muy importante en mi carrera”.

De vuelta en Colo Colo, Arturo Salah le dio la posibilidad de debutar en el primer equipo, donde se mantuvo hasta la temporada 1991, cuando se convirtió en uno de los campeones de América.


Rubén Martínez: “Que te vieran en las noticias el día domingo en la noche”

Rubén Martínez se inició en la filial de Cobresal en Santiago: “Muchas veces para ir a entrenar no tenías las condiciones. Tú tenías que llegar por tus medios, entrenar con tu ropa durante la semana, y solamente el domingo te daban la implementación para jugar. Si había un jugador lesionado o te dolía algo, no te decían ‘vamos a tal lugar a sacar una radiografía’. Nada, todo corría por cuenta tuya, sobre todo a nivel de juvenil”.

En todo caso, opina, “eran tantas las ganas de querer jugar, de querer mostrarte, de querer ser alguien en el fútbol que esas cosas que parecen como muy ‘folklóricas’, en ese tiempo uno las tomaba como algo normal. Uno sabía que había que pasar por eso. Era un peldaño que había que superar”.

Al tiempo, Martínez debió irse muy joven a El Salvador para incorporarse al primer equipo de Cobresal. “Fuerte, porque estás acostumbrado a los afectos”, reflexiona. “Manuel Rodríguez Araneda, quien era el técnico de Cobresal, nos fue a ver a un partido con Audax Italiano en La Florida. Y me propuso estar uno o dos meses con el plantel de honor. Acepté el desafío. Hablé con mis padres, lo tomé, fui 17 horas en bus. Se viajaba en bus, era sacrificado, una sola vía (en la carretera), sacrificado. Llegué allá a las 5 de la mañana”, cuenta.

“Yo dije que esta oportunidad la iba a aprovechar. Si vengo a 1.200 kilómetros de mi casa a buscar esa ilusión, no la iba a desaprovechar. Y creo que fue así”, recuerda.

La distancia y vida sin mayores distracciones en El Salvador lo ayudó “a formar un carácter, a saber que iban a venir momentos muy difíciles en tu vida como deportista, y eso obviamente que me fortaleció mucho. En la convivencia. Muchas veces no iba citado y tenía que quedarme en el campamento viernes, sábado y domingo esperando que el equipo jugara a la capital, y tenías que estar ahí entrenando el viernes, entrenando el sábado, el domingo libre, y esperar una oportunidad. Y la única oportunidad de andar bien era haciendo goles, marcando diferencias”.

“Yo dije que esta oportunidad la iba a aprovechar. Si vengo a 1.200 kilómetros de mi casa a buscar esa ilusión, no la iba a desaprovechar. Y creo que fue así” (Rubén Martínez).

Y a la distancia, la televisión era clave: “Porque en el único lugar donde podías marcar ciertas diferencias estando, en esa época, en un equipo de provincia era que te vieran en las noticias el día domingo en la noche. Y me voy a poner antiguo: en 60 minutos, que daban el bloque deportivo. Esa era la manera en que me imponía marcar una diferencia. Quería que mis papás vieran el fin de semana a su hijo meterla adentro”.

Rubén Martínez se alzó como goleador del campeonato en 1989 con Cobresal. Al año siguiente fue traspasado a Colo Colo, donde también fue el máximo artillero del torneo en 1990 y 1991. En la Copa Libertadores 1991 marcó en tres oportunidades.


Barticcioto: Ni en Everton ni en la U

Colo Colo recién fue la tercera opción chilena que apareció en el camino del entonces jugador de Huracán, Marcelo Barticciotto. Jorge Ghiso, quien actuó como el gestor de la llegada del argentino al país, habló con Manuel Pellegrini, entrenador de Universidad de Chile en 1988. “Y Manuel le dijo que no, que no necesitaba un delantero, que estaba buscando otros puestos. Y se cayó la posibilidad esa”, revive Barti.

En realidad, las gestiones con Universidad de Chile fueron las segundas que hizo Vitrola Ghiso para insertar al joven Barticcioto en nuestro país: “Primero había hablado con Everton, y Everton tampoco quería un delantero”, sostiene el 7.

Finalmente, Arturo Salah incorporó a Barticciotto a Colo Colo en 1988, aunque los planes del técnico albo eran distintos: “Después hablé con Arturo Salah, y me dijo que quería traer primero al Pichi (Osvaldo) Escudero, que fue campeón del mundo con Maradona (Sub 20) el 79 en Japón. Él jugaba en Rosario Central. Era un jugadorazo”.

Según define el propio Barti, su inicio en el fútbol en Argentina “fue muy extraño” ya que todos sus amigos del barrio “jugaban en diferentes equipos. Algunos en Independiente, otros en Racing, teníamos 15-16 años. Y todos querían dedicarse al fútbol”. Pero Barticcioto no.

“Primero había hablado con Everton, y Everton tampoco quería un delantero» (Marcelo Barticciotto).

“Yo vivía en Quilmes, pero cerca de Avellaneda, que es el sur, donde está la cancha de Racing e Independiente. Yo soy hincha de Racing y de Colo Colo, por supuesto. Y teníamos un equipo donde todos jugábamos bien, y nos venían a buscar de diferentes lados, veedores que veían en los barrios. Yo vivía en un barrio obrero. Mi viejo trabajaba en Segba, que era como Chilectra acá: Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires. Y esos departamentos eran como de las empresas. Mi viejo pagó a subsidio a 20 años ese departamento. Era un departamento chico. Había una calle, el departamento, y al frente de la calle había una cancha de fútbol. Y vivíamos jugando al fútbol. Y me venían a buscar de todos lados, y no me quería ir. Y todos mis amigos jugaban y yo no quería ir. Decía que no, ponía una excusa, que esto, que lo otro…”, relata.

El adolescente Barticcioto pasó por los dos equipos de Avellaneda: “Un día me vinieron a buscar de Independiente, el rival de Racing, y fui. Y tuve la suerte de quedar. Yo tenía 16 años, pero justo me inscribieron cuando ya había empezado el campeonato. Entonces, yo podía entrenar pero no podía jugar. Me aburrí. Estuve seis meses y me aburrí. Me fui. Después me fui a probar a Racing, y quedé. Pero un día me robaron toda la ropa en el camarín y me tuve que ir a mi casa vestido de futbolista en el micro, porque yo tomaba una micro que tardaba más o menos una hora. Y me dio tanta bronca que dejé de ir”.

Posterior a ello, Barti comenzó a estudiar agronomía en la Universidad de Buenos Aires. “No me gustó mucho la carrera, estuve ocho meses, terminé. El fútbol estaba casi descartado, porque ya no me fui a probar más. Ya nada. Y empecé a estudiar educación física”, cuenta.

Pero un tío que vivía en Polvaderas, un pueblo cercano a Buenos Aires, lo invitó a jugar en el club Pampero, del cual un abuelo de Barticcioto había sido presidente: “Mi tío me dice ‘¿Por qué no te vienes a jugar acá los fines de semana mientras estudias en la semana?’ era un regional. Le dije que bueno. Me pagaban unos pesos, que me venían bien porque ayudaba a mi mamá. No era una fortuna. Me pagaban muy poco, pero antes que nada… y empecé a jugar ahí. Y empecé a andar bien. Yo ya tenía 18 años. Y ahí iban los futbolistas retirados que iban a jugar, como pasa acá que van a jugar a las ligas. Bueno, y ahí conocí a Jorge Ghiso. Y después de un partido que les ganamos 4-3, yo hice tres goles, vino al camarín y me dijo ‘hola, soy Jorge Ghiso’. Me preguntó ‘¿Qué estás haciendo jugando acá?’”. Y después que Barti le explicó por qué estaba jugando en Pampero, Ghiso “me dice ‘¿No querés que te consiga una prueba en River o en Boca?’ Sí, le digo, ¡cómo no voy a querer!”.

Estuve como un mes esperando el llamado de él y no me llamó. Entonces, por intermedio de otro tío mío, que era hincha de Huracán y era amigo de un dirigente. Y mi tío le hablaba de mí y el dirigente le dijo que trajera al sobrino, que se fuera a probar. Y yo no quería ir a Huracán. Quería esperar a River o Boca. Y mi viejo un día viene y me agarra —él es fanático del fútbol, de Boca a Morir y después se hizo hincha de Colo Colo—, y me dice: hacelo por mí, andá y que te vean. Anda a probarte a Huracán. Y si no pasa nada, seguís estudiando, pero dame el gusto. Bueno, le dije, está bien. Fui”, evoca.

Marcelo Barticciotto en Huracán. Foto: Instagram Marcelo Barticciotto.

Barticciotto fue probado en un entrenamiento del equipo reserva de Huracán, y anduvo bien. Ese mismo día firmó un documento en que cedía su pase a Huracán. Posteriormente, jugó en la llamada Cuarta División, y debutó en un partido oficial de la reserva ante Newell’s Old Boys en Rosario. “Iban primeros, como a diez puntos del segundo. Era un equipazo. Y me llevaron a jugar. Yo pensé que iba a estar de suplente, que iba a entrar un rato en el segundo tiempo… fui y titular. El susto que me agarró, no quería ni jugar”.

“A los 20′ del primer tiempo fui a trabar una pelota con (Fernando) Gamboa y sentí que la rodilla derecha me hizo un clinc, sentí un ruido extraño. Cuando quise empezar a correr, como que la rodilla se me iba. No quise pedir el cambio, porque si pedía el cambio iban a pensar que era un cagón: primer partido que juego y pido cambio… y seguí jugando el primer tiempo y no la toqué. Me vio el médico y me dijo que no podía jugar más”, relata sobre ese momento.

Producto de esa jugada, “tuve una distensión de ligamento que, en realidad, no era tan grave pero en ese tiempo ponían yeso. Tuve casi tres meses para recuperarme. Y en esos tres meses, Huracán estaba muy mal. Y yo, yendo a la cancha con muletas, veía que Huracán perdía, perdía y que jugaba el último partido para no descender contra Unión de Santa Fe, de Morón, con Daniel en el arco, en la cancha de Huracán ¡Y se jugó un partido Daniel! Siempre le digo a Daniel: ‘lo que te insulté, lo que te puteé ese día’. Jugó un partido extraordinario. Terminamos perdiendo 1-0 y Huracán descendió, y yo afuera, sin poder jugar. Huracán se fue a la B”.

Posterior al descenso, Barticciotto se recuperó pero “ya la reserva no estaba más porque Huracán se fue a la B. Quedaban diez partidos de cuarta y yo no había demostrado nada. No había jugado. Yo pensé que me dejaban libre. Jugué los 10 partidos de cuarta y anduve bien. Y ahí me hicieron contrato. Y llegó Angel Cappa a dirigir al primer equipo y me subieron a primera. Y de ahí empecé. Huracán era un equipo grande para estar en la B. Perdimos el ascenso el primer año. Terminando el otro año, perdimos el ascenso de nuevo. el primer año alternaba, me ponían un rato, de repente. En el segundo empecé a jugar más, y salió la posibilidad de Colo Colo”.

De este modo, Barti arribó a Colo Colo sin haber jugado un minuto en la primera división de Argentina. El resto de la historia es sabido.


Patricio Yáñez: “Aprendí a dormir parado”

De todos los jugadores de Colo Colo 1991, el único que tuvo experiencia previa en el fútbol europeo fue Patricio Yáñez, quien defendió las camisetas de Betis, Zaragoza y Real Valladolid (Después de 1991, Javier Margas jugó en West Ham United entre 1998 y 2000; Miguel Ramírez en Real Sociedad entre 1995y 1996; y Leonel Herrera en Saint Gallen entre 1997 y 1998). Sin embargo, la carrera del Pato se inició con sacrificio en San Luis de Quillota, club de la segunda división del fútbol chileno.

Yáñez, quien en su niñez y juventud practicó atletismo, fichó así en el equipo canario: “Yo llegué a San Luis de Quillota el año 78 desde mi casa, del barrio. Así. Un día estaba estudiando en el colegio, vino el director del Liceo de Quilpué y me dijo: ‘Yáñez’. Era la primera hora de clases, me pasó la plata para la micro para ir a Quillota, y me dijo ‘tenís que ir a probarte ahora’. Y yo feliz, porque tenía prueba de Química, así es que chao. Pasé piola. Y llegué allá, había entrenamiento, y llegué al segundo tiempo. No había locomoción. Nada. La micro costaba que pasara. Jugué el segundo tiempo contra Unión La Calera, en el estadio de Quillota. Con mi uniforme de colegio, con el bolso de los cuadernos, así llegué a jugar”.

Patricio Yáñez en San Luis de Quillota junto a Rubén Espinoza, entonces jugador de Universidad Católica. Foto: Instagram Patricio Yáñez.

“Había un argentino Villarroel, Villa, un 10 bueno, técnico, que me dijo ‘toma los zapatos, yo te paso…’ porque no tenía zapatos. Y el utilero me dijo ‘acá tenís unas medias, pantalón’. Villa calzaba dos o tres números más. Salí al túnel y ahí estaba el Punto Silva. Me dijo: ‘vai a jugar ahora’. Y estaba el Papudo Vargas, que era un jugador conocido poh, el central. Hice un gol, un pase gol, un par de jugadas y ahí… esto tiene que haber sido en noviembre del 77, y el 78 volví a hacer la pretemporada, y a jugar. Así fue mi historia. Así de rápida, sin haber hecho divisiones menores. No había divisiones menores en San Luis en esa época. Entonces, llegaba al primer equipo. De segunda, pero llegaba al primer equipo”, recuerda.

Aquella fue la época en que se incorporaron a San Luis célebres futbolistas como el Pititore Víctor Cabrera, el Pindinga Jorge Muñoz y el Patato Álex Martínez. “Primer partido, marzo del 78, contra San Felipe. Había 300 personas en el estadio. Ganamos 2-1, marqué un gol me acuerdo. Tengo el recuerdo de esa tarde de marzo. Éramos todos jóvenes, todos teníamos cosas muy similares”.

“Éramos sencillos. Nos conformábamos con un sueldo que era mínimo, en el sentido que era un saludo a la bandera, pero éramos felices. Lo fundamental ahí fue el famoso amateurismo que instaló Sampaoli: el jugar representando una camiseta, el jugar por divertirse ¿Tu creís que alguna vez se me pasó por la mente que iba a estar en Colo Colo, en un equipo grande o que me iba a ir a Europa? No. Jugábamos, entrenábamos, jugábamos… éramos felices”, evoca el Pato.

«Éramos sencillos. Nos conformábamos con un sueldo que era mínimo, en el sentido que era un saludo a la bandera» (Patricio Yáñez).

Sin embargo, el verdadero sacrificio estaba en el día a día: “Yo vivía en Quilpué. Sol del Pacífico, la micro. Yo aprendí a dormir parado porque estudiaba en las mañanas y tenía que tomar la micro que pasaba un cuarto para las dos para irme a entrenar. Y si perdía esa micro, perdía el entrenamiento o perdía 30-40 minutos. Imagínate: entraba a estudiar a las 8 y me venía después de vuelta de haber tomado once en el club, no sé, 7 u 8 de la tarde, cansado, hecho pebre. Y me agarraba la cuestión porque esa micro venía llena. Y ahí dormía y aprendí a dormir parado. Descansaba a lo mejor 20 minutos o media hora”.